Mientras daba una vuelta por una tienda de alimentación saludable, me llamó la atención un complemento con la etiqueta «Lecitina» y el texto: «Lecitina de soja: alimento para el cerebro, el corazón y el hígado». Me quedé pensativa un momento, porque recordé: «Este es el ingrediente secreto que mi abuela añadía a sus desayunos y comentaba con una sonrisa: “Es el secreto de una buena memoria y un corazón fuerte” (siempre lo repetía)». En aquel entonces, solo esbozé una sonrisa burlona y me quedé con lo mío. Al fin y al cabo, las abuelas tienen recetas secretas que van desde ungüentos caseros hasta tés que curan todo (lástima que no curen un corazón roto). Aunque no fue ayer, sé que mi abuela se sabía de verdad los nombres de mis compañeros de clase, aunque yo me haya olvidado incluso de dónde acabo de dejar las llaves. Por eso mismo decidí averiguar si es realmente necesario o si solo es otro complemento más.

El lecitín, tal y como he comprobado, no es solo un complemento más de los que se anuncian, sino un componente esencial de cada célula de nuestro cuerpo. Constituye la base de las membranas celulares y se encarga de su elasticidad y funcionalidad. En esencia, es el arquitecto de nuestras células. ¿Y dónde se encuentra? Está, por ejemplo, en el cerebro, los músculos, el hígado… en definitiva, en todos los lugares donde la comunicación entre las células es vital. Así que mi abuela, en realidad, no tomaba ningún «milagro», sino algo que su cuerpo necesitaba de forma natural. Me he topado con un dato interesante: la lecitina es una fuente rica en fosfatidilcolina, que en el cuerpo se transforma en acetilcolina (un neurotransmisor) responsable de la memoria y el aprendizaje. «Entonces, si tengo una carencia de acetilcolina, ¿significa eso que se me olvida la contraseña del correo electrónico o por qué he abierto la nevera?» Básicamente, sí. Y precisamente por eso se ha estudiado la lecitina como medida preventiva contra la enfermedad de Alzheimer y otros trastornos neurodegenerativos. Aunque no es una pastilla que aumente el coeficiente intelectual en 50 puntos de forma inmediata, su consumo regular ayuda a mantener la mente ágil y despierta (exactamente como la tenía mi abuela). Las investigaciones sugieren que la fosfatidilserina y el ácido fosfatídico de la lecitina de soja pueden mejorar la memoria, el aprendizaje, las capacidades cognitivas, la concentración e incluso el estado de ánimo. «Bueno», pensé, «el cerebro está muy bien, pero ¿y el corazón?». Y ahí me topé con otro dato interesante. La lecitina disuelve las grasas y ayuda a regular el colesterol, protegiendo así los vasos sanguíneos contra la obstrucción y la aterosclerosis. «¡Ah, ya! Entonces, ¿basta con tomar lecitina para contrarrestar una hamburguesa con beicon?». No del todo. La lecitina no elimina las consecuencias de una dieta poco saludable, pero ayuda a mantener el equilibrio de las grasas en el organismo y a reducir el colesterol LDL «malo». Actúa como un emulsionante natural, descompone las grasas en partículas más pequeñas para que se absorban más fácilmente y no obstruyan los vasos sanguíneos. Ahora tiene sentido que mi abuela nunca tuviera problemas de tensión ni de corazón. Otra afirmación que me llamó la atención fue que la lecitina «limpia el hígado». Según he descubierto, en realidad no se trata de ninguna «limpieza» (una expresión muy utilizada), sino de la regeneración y protección de las células hepáticas, lo que puede contribuir a prevenir la acumulación de grasas en el hígado. La lecitina ayuda a descomponer las grasas en el hígado, lo que puede prevenir la enfermedad del hígado graso no alcohólico (esteatosis), una afección que suele ser consecuencia de unos hábitos de vida poco saludables. Esto lo consiguen precisamente los componentes colina, ácido linoleico e inositol, que desempeñan un papel importante en el metabolismo de las grasas y la salud del hígado. Aunque la lecitina no actúa como una esponja que absorbe toxinas, sí ayuda y favorece el procesamiento adecuado de las grasas en el hígado. Además, algunos estudios sugieren que también ayuda a la digestión, ya que actúa como un descomponedor natural de las grasas y facilita su absorción y digestión, además de proteger la mucosa del estómago y los intestinos. Y una vez más se ha confirmado: la abuela comía lo que quería, pero nunca se quejaba de pesadez después de comer. Al ayudar a descomponer las grasas, la lecitina favorece su paso por el hígado y la vesícula biliar, lo que reduce el riesgo de cálculos biliares.

Cuando llegué al último punto del estudio, lo admito, me sentí escéptica. ¿Puede haber alguna relación entre la lecitina y el estrés? Pues bien, resulta que la fosfatidilserina, que se encuentra en la lecitina, ayuda a regular los niveles de cortisol, es decir, la hormona del estrés. Algunos estudios sugieren que puede aliviar el estrés tanto físico como psicológico e incluso ayudar a paliar los síntomas de la menopausia. ¿Y la ventaja añadida? La lecitina de soja no está hidrogenada y es biodegradable. Una agradable sorpresa fue descubrir que la lecitina también se utiliza en cosmética para hidratar la piel. Tras contrastar los datos, llegué a la conclusión de que mi abuela tenía razón y que la lecitina es realmente beneficiosa, no solo para el cerebro y el corazón.
Cuando se unen todas las piezas del rompecabezas, llegamos a la conclusión de que la lecitina es un nutriente esencial que el cuerpo necesita para funcionar correctamente. Favorece el funcionamiento del cerebro y la memoria, ayuda a mantener unos niveles saludables de colesterol y la salud de los vasos sanguíneos, protege el hígado y facilita la digestión de las grasas, combate el estrés e hidrata la piel. Por supuesto, no lo dudé ni un segundo y encontré un envase de lecitina del Dr. Lucullus, que añadí inmediatamente a la cesta. Porque me encantaría recordar, cuando tenga noventa años, los nombres de los compañeros de clase de mi nieta, tal y como hacía mi abuela. Si estuviera aquí, sin duda se lo diría.