Seguramente todos tenemos en casa un buen surtido de medicamentos por si nos resfriamos o, Dios no lo quiera, cogemos la gripe. Cada año pasa lo mismo. El frío, el tiempo húmedo, la llegada de los virus. ¡Pero estamos preparados! Celaskon, diversos jarabes para la tos, paracetamol... Una cajita (o incluso una caja grande) llena de productos químicos nos salvará, al fin y al cabo. Y si no es así, mientras tosemos, nos quejamos y estamos en la cama, nos prometemos solemnemente que por fin empezaremos a endurecernos. En cuanto pase la enfermedad... La abuela, como era de esperar, nos ha vuelto a preparar todo tipo de hierbas, pero nosotros confiamos en la ciencia. Para todo hay una solución, para todo hay una pastilla. Solo que, durante siglos, la gente vivía, enfermaba y se curaba… sin pastillas. La ciencia las ha introducido hace poco. ¿Qué tal si echamos un vistazo a cómo se trataban los resfriados y las infecciones virales hace mucho tiempo? Porque si les funcionaba entonces, seguramente también funcione hoy en día. ¡Y sin productos químicos! Pero, en